Cada ser humano tiene una porción de espacio energético en el Universo, o sea transmite y recibe energía.


Somos como millones de estrellas, cada uno de nosotros, tiene UNA energía bien distinta de las demás, una historia, un karma, un destino, un alma con un historial. Cada uno de nosotros somos como un componente infinitamente pequeño de una inmensa máquina perfecta llamada Universo. Pero sin este componente la máquina no sería tan perfecta porque faltaría algo.
Cuando una persona muere deja detrás de sí un rastro, una huella que queda grabada en el Registro Akásico.


Los registros Akásicos son archivos místicos que contienen todo el conocimiento trascendental, la historia del cosmos y la información de cada alma que existe y ha existido; en otras palabras, son la huella de la creación inscrita para siempre y desde siempre en una dimensión alterna.


También conocidos como la «mente de Dios,» los registros existen en un plano etéreo y están codificados de manera que pueden ser entendidos sólo por aquellos que logren descifrarlos.


Para nuestros ancestros cada objeto poseía una fuerza natural y animada y por medio de ciertas palabras o rituales esta fuerza venía potenciada y así empezaron a usarse los amuletos. Los primeros en fabricar amuletos fueron los Egipcios pero otras civilizaciones pronto les seguirán.


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